Hablando sola desde Oslo
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Hasta pronto

noviembre 2nd, 2013 | Posted by Isabel in Diario de viaje - (0 Comments)

Escultura en la plaza de la Tinghus de Oslo

He respondido más de cincuenta veces a la pregunta de “que tal por Noruega” y, lejos de estar cansada de responderla, no me aburro de repetir algo que suena a tópico pero es cierto: que esta experiencia no hubiera sido ni la mitad de agradable sin la gente de la que tuve la suerte de estar rodeada.

De Noruega me llevo varias cosas. Sobre todo, una experiencia laboral radicalmente distinta a las que había tenido en España, bastantes anécdotas de trabajar en una tienda tan peculiar, y un conocimiento más o menos cercano de cómo es la vida en este país gigante y despoblado, rico y a la vez nada sofisticado; y de un verano frío y luminoso como pocos. Cosas de las que me hubiera gustado escribir mucho más y que, me gustaría pensar, me han cambiado un poco.

Pero supongo que el recuerdo que prevalecerá será otro, diferente al de las fotos de lagos y fiordos de este blog: son horas en la sala de descanso hablando de todo y de nada, regalos personalizados y buenas risas, tés imbebibles pero hospitalarios, paseos algo desorientados por Oslo, algunas tardes de parque y botellas de vino, muchas horas de tren.

Ya sabéis que esto no es una despedida, esto es una invitación a vernos pronto, a enseñaros Zaragoza y a que me llevéis de paseo por Cádiz o Córdoba, a alguna playa cantábrica o levantina, de cañas en Madrid o Barcelona. Porque Oslo nos ha acogido bien, pero deseo que, si es lo que queréis, podáis volver pronto a casa.

Por suerte yo ya estoy aquí: de vuelta a casa y a mi blog de diario. Ha sido más corto y más bonito de lo esperado, pero de todas maneras, gracias por leer.

A remojo

septiembre 16th, 2013 | Posted by Isabel in Diario de viaje - (1 Comments)

Oslo ha amanecido hoy terriblemente gris y pasada por agua. No es que haya pasado mucho tiempo, pero  el verano ya quedó bastante atrás y ya hemos vuelto a los abrigos por la noche y las botas cerradas, como si me quisieran decir: que no te de pena irte.

Lo cierto es que este será un verano difícil de olvidar. Dicen que ha sido el mejor en 60 años, con un julio brillante y caluroso, noches de dormir con la ventana abierta y días de bañarse en el fiordo en agosto. He vivido casi toda mi vida en una ciudad de río en medio de un desierto, y una de las mejores cosas de Oslo y de Noruega en general, es que hay agua por todas partes. Hay ríos, hay lagos y fiordos, y salir pescar o tener un barco para navegar son cosas del día a día.

En barco por el fiordo de Oslo

Que te inviten a una fiesta y que te lleven en barco, cosas que pueden pasar en Oslo.

Sin salir de la ciudad, cogiendo el autobús 30 desde el centro, se llega a las playas de Bygdoy. No son el mejor sitio para bañarse en Oslo, pero sí el más accesible. Hay pájaros, bancos, zonas verdes, kioskos de helados y sitios para hacer barbacoas.

Rudo noruego desafiando al frío del atardecer

Rudo noruego desafiando al frío del atardecer

Un lugar más tranquilo y desde el que se tiene la curiosa vista los ferrys y cruceros navegando frente a tí y levantando olas en la tranquila agua del fiordo es el Kongelig Norsk Forening. Se llega… perdiéndose. O así llegamos nosotros. Al final de la Herbernveien, una barca te recoge y te lleva a la pequeña isla donde está este club marítimo. Tranquilidad, piedras para conquistar y buenas vistas.

Aunque dentro de la ciudad, mi sitio favorito es la pequeña playa y el embarcadero del Astrup Fearley Museet. Construido al final del paseo marítimo de Aker Brygge, el edificio con forma de vela de Renzo Piano se adentra en el fiordo. Allí, entre arquitectura moderna y junto al jardín de esculturas, está uno de los mejores sitios de Oslo para tomar el sol y si aprieta el calor, darse un chapuzón y una ducha antes de volver a casa. La última vez que estuvimos, hasta nos regalaron helados.

Playa en el Astrup Fearnley en Oslo

Lo mejor del Astrup Fearnley está fuera.

También muy cerca de la ciudad está el Sognesvann, un lago muy popular por su sendero, por su playa y sus mesas para hacer pícnic. El agua está fría, pero nosotros somos chicos del norte. La sensación de bañarse rodeada de pinos, con la luz preciosa que tiene este país es una de las mejores cosas que he hecho en estos meses.

sognesvann

Bañarse en el lago, o ser feliz con poca cosa.

Aunque mi sitio favorito para darse un baño está en el archipiélago en el fiordo de Oslo. En realidad está pobladísimo de islas e islotes, pero las más accesibles durante el verano son Langøyene, Hovedøya, Lindøya y Nakholmen. Langøyene tiene una gran playa y una explanada en la que hacer camping, en Hovedoya hay ruinas de una abadía cisterciense y en Lindøya, un bosque que es reserva natural y unas casitas de colores que hacen pensar en Moonrise Kingdom.

Embarcadero en Lindøya

La más poblada, salpicada de hyttes o cabañas rojas, azules y amarillas es Nakholmen. A todas se puede llegar en un ferry, y los horarios están aquí. También puedes comprarte una casita y quedarte a vivir todo el verano. Vimos un anuncio de una de ellas, y solo cuesta 400.000 euros. Yo ya he empezado a llenar la hucha.

Un buen sitio para quedarse para siempre.

 

La vecina de Harry Hole

agosto 31st, 2013 | Posted by Isabel in Diario de viaje - (1 Comments)

Desde hace meses, es difícil no cruzarse con su nombre en Oslo a diario. Dicen que ha vendido 400.000 copias de su último libro, Politi, en un país de poco menos de 5 millones de habitantes (y a 45 euros, al cambio, el ejemplar de tapa dura). Hablo de Jø Nesbo, que además de ser el bestseller por excelencia de Noruega, parece un tipo carismático, autor de libros para niños y estrella de rock. Tenía que saber algo más de él y de sus libros.

Nesbo siempre pone cara de malote en las fotos

Nesbo siempre pone cara de malote en las fotos

Encontré de saldo uno de los libros en inglés, y en un tren de vuelta a Noruega descubrí algo que, acompañando a la historia, me hizo engancharme a ese libro superventas:  que soy vecina de Harry Hole, su alcóhólico, antiheróico, brillante y patético personaje, al borde de la ruina y rescatado en el último momento para resolver crímenes de esos que no parecen ocurrir en la tranquila Oslo que yo conozco, sino en una gran urbe norteamericana.

La Estrella del Diablo, un libro intermedio en la saga de Hole,  transcurre en un cálido e inusual mes de julio en Oslo, tan inusual como el verano que hemos vivido este año, con noches de sudar la gota gorda y cálidos días de bañarse en el fiordo; la primera víctima es hallada en su apartamento, no lejos de donde escribo, en el Vår Frelsers gravlund… y no lejos de la casa de Hole, en Sophies Gate. Desde allí, el asesino va recorriendo diferentes puntos en torno al corazón de la ciudad.

El cementerio, un día de verano

El cementerio, un día de verano

Su restaurante favorito, el Schroeder’s, es uno de mis caprichos pendientes -filetes y patatas, jarras de cerveza y mesas oscuras con cuadros antiguos es lo que ofrece este local clásico de Oslo, uno de los pocos supervivientes en una ciudad tomada por las cafeterías a-la-Starbucks y los restaurantes de shushi barato. Es divertido recorrer con Hole el barrio de Grønland o mirar por su ventana hacia Tøyen, donde están los HQ de la policía, o entrar con el en el Underwater Pub, otro lugar que se cruza habitualmente en mis paseos por mi barrio, entre Bislett y St. Hanshaugen.

Harry Hole y la saga policial de Jø Nesbo se han hecho tan populares -la prensa americana lo equipara con Stieg Larsson, se han hecho películas basadas en sus libros y el carisma de sus personajes y sus descripciones hacen de La Estrella del diablo un libro muy cinematográfico- que su gancho no ha pasado desapercibida a los guías de Oslo, así que en la oficina municipal de Turismo se puede reservar el tour por el Oslo de Harry Hole. No sé si se descubrirá una Oslo oculta gracias a este paseo, pero lo cierto es que las novelas de Nesbo sí que muestran otra cara de la perfecta-moderna-respetuosa y confortable vida nórdica, una en la que hay violencia, mafias, alcoholismo, pobreza y corrupción. Una ciudad en la que, echándole imaginación, incluso en un caluroso mes de verano pasan cosas.

Estuvimos en Estocolmo y nos encantó. Y a quién no. Es una ciudad preciosa, monumental, llena de pequeños rincones y grandes lugares. Tiendas, museos, atracciones turísticas, un impresionante paisaje. Lo raro de nuestro viaje a Suecia es que también nos gustó, y mucho, la segunda parte, lo pequeño, lo bonito y lo inesperado: es decir, Göteborg.

El plan era hacer una noche o dos en un punto intermedio entre Oslo y Estocolmo, de manera que las ocho horas de viaje en tren -que puede costarte menos de 30 euros si compras los billetes con tiempo- no se hicieran tan largas. Así pudimos ahorrar un poco quedándonos en un hotel más barato y haciendo la compra en Suecia.

Mis compañeros de trabajo me habían hablado de Göteborg como una ciudad más tranquila y más amable que Estocolmo, así que elegimos habitación de hostal más pequeña que hemos visto en nuestra vida (si no te lo crees, mira) y planificamos día y medio de parada en esta ciudad en la costa oeste de Suecia.

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Fotografía de Sébastien Roth en Flickr CC-BY-SA

Comprar el billete de transporte público de 24 horas, que cuesta unas 75 SEK, fue una buena idea, ya que pudimos ir y venir a nuestro ritmo sin caminar demasiado. Y eso que la ciudad se recoge en un centro enmarcado por la zona del puerto, donde se alza la nueva ópera y algunos museos marítimos, y dos bonitos canales; uno de ellos era el antiguo foso de la ciudad medieval, como delata su trazado en el mapa. Fuera quedan la universidad y la Avenyn, la gran avenida construida en el siglo XIX, plagada de tiendas en antiguos cines con carteles retro, que conduce hacia la plaza de los museos y teatros.

La Aveny de Goteburgo y sus carteles retro

Canal en Goteburgo

 

seaside-goteborg

También queda fuera del centro el barrio de Haga, un cruce de varias calles entre la Haga Kyrkan y la Järntorget, con casas de los siglos XVII al XIX rehabilitadas y reconvertida en zona chic-hipster-gentri. Nos apuntamos para un viaje más tranquilo el Spräk cafeet, el café de los idiomas, en la plaza del Esperanto, y Soul Store, esta librería-desván a pie de calle llena de libros de fotografía y arte.

No lejos de Haga está la Fiskekirke, un mercado de pescado donde comer smorrebröd (bocadillos fríos y sin tapa, comida típica de Escandinavia) de gambas con mayonesa. Nosotros elegimos en cambio el Stora Salluhagen (el gran mercado) un sitio lleno de delicatessen y con un par de bares donde comer platos caseros, como pescado con salsa o albóndigas con patata y mermelada.

Fiskekirken en Göteborg

Göteborg food market hall

Carne en el mercado de Göteborg

Albondigas Suecas

La lluvia nos hizo refugiarnos en los invernaderos del jardín botánico, donde por suerte nos pilló la tormenta. Colecciones de plantas tropicales y un balcón donde sentarse a leer entre la humedad de las palmeras. Por desgracia la casa de las mariposas que prometía nuestra desactualizada guía dejó de existir hace unos años, pero el jardín de las rosas estaba precioso en agosto.

Invernadero en el jardón bontánico de Göteborg

Otro par de sitios para refugiarse de la lluvia: el Göteborg Kunstmuseum (donde llegamos atraídos por el cartel de la exposición de una pintora finlandesa, Helene Schjerfbeck) y la que ha sido premiada como la mejor biblioteca sueca del año, la Miini, una  biblioteca para niños en el museo de las artes decorativas y el diseño. Aunque no vayas con ningún pequeño, puedes descalzarte, saltar a su alfombra, coger un par de libros y mirar los dibujos mientras pasa la lluvia.

Todo el centro de la ciudad está cubierto por la red de tranvías, antiguos y bastante eficaces, la mayoría de las cuales paran cerca de la estación central, nuestra última parada antes de volver a Oslo en tren.

Jeg snakker norsk!

julio 25th, 2013 | Posted by Isabel in Diario de viaje - (2 Comments)
En la clase de noruego

Una de las cosas que me impulsaron a pasar el verano fuera es que echaba de menos la abrumadora sensación de estar en un país donde apenas comprendes algunas palabras de las conversaciones que te rodean. Todo, desde un cartel en el metro a una conversación en una tienda, se convierte en un pequeño reto.

Pero no me acordaba de la sensación de levantarte un día de la cama y que la lengua que primero sale de tu boca sea esa que recién acabas de aprender. Qué fascinante es que ese cartel del metro deje de ser un misterio. ¡Resulta que era un chiste! En la tienda ya no son capaces de saber que eres extranjera en cuanto abres la boca, y poco a poco, reconoces estructuras gramaticales, entiendes a quienes viajan enfrente tuyo en el tranvía y eres capaz de mantener conversaciones cotidianas. Cuando sueñas en ese idioma nuevo, es que ya lo tienes.

Ahora ya puedo decir…. Jeg snakker norsk! y aunque sea una lengua que solo usaré de momento unos meses, y que solo puedo hablar con cinco millones de personas, sigue siendo toda una aventura lingüística. Dicen que una lengua cambia tu manera de pensar (el otro día vía Patricia llegué a este interesante artículo sobre cómo las lenguas moldean nuestra forma de aprehender el mundo). Y aunque yo aun no he llegado a ver el mundo desde los ojos de un noruego -otro día hablamos de eso-  si voy en camino de hacerlo es sobre todo gracias a Barbro Thorvaldsen y la sugestopedia.

El método sugestopédico se basa en convertir a los alumnos adultos en niños de nuevo. Nuestro cerebro responde así al aprendizaje de la nueva lengua sin establecer una jerarquía de profesor-alumno, sin tecnicismos, con muy poca gramática, fomentando el juego, cuidando el entorno, cantando, hablando, con el rol y la mímica. Fue así como me convertí en Ingeborg, cocinera y periodista (lo que siempre quise ser!). Viajamos en la Hurtigruta, nuestra kjærste Kjersti nos presentó a su familia, su país y sus historias, y además de conocer la lengua, nos conocimos más entre nosotros y conocimos a la maravillosa y solar persona que es Barbro.

En la clase de noruego

En la clase de noruego

En un lenguaje tan musical y tan lejano al nuestro como es el noruego, el énfasis en la oralidad, en las situaciones prácticas del método de Barbro, el tiempo y los medios que nuestra empresa nos ha dado para adaptarnos a la nueva lengua y la oportunidad de poner en práctica lo aprendido cada semana con jefes y compañeros en el trabajo han hecho que en solo cuatro meses en Noruega hayamos avanzado mucho sin demasiado esfuerzo. Así que este post es una forma de dar las gracias a todos.

He estado absorbida por el trabajo y por el curso de noruego -y por los viajes y las visitas, que me guardo para otro post- y ahora que por fin tengo más tiempo, echo de menos nuestra clase acristalada, desayunar plátano e inventarnos historias a diario. Por suerte el verano noruego, corto pero intenso, está en pleno apogeo. Hasta la próxima tarde de lluvia, pues.

Flatbread_12

Para llegar hasta allí hay que cruzar la estación, atravesar una calle en obras y sobrevolar la autovía de entrada a Oslo por un puente no apto para personas con vértigo. Ser peatona por estos lares no parece lo más adecuado, pero las bicis se paran respetuosas y veo el lago del parque y un poco más allá, el fiordo, la ópera a mi derecha en esta estupenda tarde de final de primavera. Me he equivocado de camino un par de veces pero he sido previsora y he salido con tiempo. Ahora sé que estoy cerca: pequeñas pegatinas sobre los mamotretos de hormigón que marcan los caminos por los que las excavadoras dan forma a esta futura zona residencial indican que voy bien hacia la Bjorvika Bakehus.

La bienvenida merece ser llamada así: hay pan, hay mantequilla, algunos hipsters y algunos hippies, gente de todas las edades y varios acentos. Además, la reunión es en inglés y hace un bonito solo que hace brillar las casas nuevas y la estructura de madera, provisional y desmontable, por la que se puede trepar, sentarse o buscar refugio cerca del horno de leña: es la panadería temporal que han instalado Futurefarmers como ‘headquarters’ de la Flatbread Society: un proyecto de arte público de la empresa de desarrollo urbanístico de la antigua zona portuaria y que mediante la interacción de creadores y ciudadanos, pretende diseñar un espacio que, teniendo como centro un horno público y un campo de grano, desarrolle un programa para este espacio público.

Bakehous bjorvika

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¿Y que hago yo aquí, entre diseñadores osleños, artistas californianos, arquitectos noruegos, panaderos y otras gentes de bien? A veces, para encontrar cosas como estas hay que guiarse por el gusto y sobre todo, por la vista: fue su cartel el que llamó nuestra atención en un paseo por Gronland y de allí, a su web (repleta de historias dispares sobre el pan y de las actividades que han llevado a cabo en el último mes).

La Flatbread  Society ha estado en mi agenda un par de semanas, pero finalmente, pude ir al taller de Economías Alternativas + Forma y función, en el que los asistentes pusimos en común modelos de trabajo en el campo de la economías alternativas que nos resultaran familiares (yo hablé brevemente de La Pantera Rossa) mientras el otro grupo decidía la aplicación espacial de estas realidades entre las que encontramos -y copio de la guía que nos dieron- “los comunes, las economías solidarias, los centros de trabajadores precarios, los presupuestos participativos y la ayuda mutua por encima de la competición”.

Así fue como conocí, por ejemplo, LETS Norge, un banco del tiempo y de intercambio de tareas entre pares, o a un miembro de la Oslo Kooperativ, una cooperativa de consumo de productos hortofrutícolas, en las que los miembros, además de recoger sus cestas, cocinan el excedente: en torno a esa comida ocasional y semanal, gestan otras ideas y proyectos.

Como compañera para cocinar nuestro prototipo para el funcionamiento de la panadería tuve a Tina, una sonriente vietnamita que tiene un barco en esta bahía. Creo que fue por nuestra condición de expatriadas que nos pusimos a hablar de que haría falta en Oslo un mercado internacional en el que poder comprar productos no envasados, a granel, en las cantidades adecuadas, y en el que además los inmigrantes pudieran de una forma sencilla -a través de la cocina de platos de sus países- contribuir a sus propias economías familiares. La panadería, que actuaría como catalizador de este mercado, sería además un espacio para compartir conocimientos sobre el pan en las diferentes culturas (al pensarlo ahora me acuerdo del artículo de Rubén Martínez sobre la dulce comunidad de los pasteleros a la que pertenece su familia).

Lo mejor fue ponerse con las manos en la masa y cocinar nuestro modelo: un pan redondo (porque al mercado se podría acceder por todas partes de la misma manera, sin prioridades) y sembrado con especias varias. En el centro, la sal común (usada en la mayoría de las culturas) y una mezcla con sal con algas (sea weed) más propia de estas tierras. Como metáfora nos salió bastante bien. Como pan…

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También, claro, escuchar los proyectos de los demás: fue un proceso de innovación abierta exprés impulsado por unos facilitadores con muchas tablas ya armados de un implacable reloj de cocina para que las tareas del taller no se alargaran; y caer en la cuenta, al desgranar ideas, que las palabras más repetidas eran aquellas relacionadas con el entusiasmo de crear algo en colectivo: energy, been happy around, a heart that beats. También hablamos de cómo lo más regulado es a menudo más complicado, y se repitió una y otra vez la palabra mágica: commons.

Después de poner mi granito de harina en la Bjorvika Bakehus, de haber comido el susodicho flatbread (unas tortas primas hermanas del pan de pita o de las focaccias italianas) que se cocina sobre una piedra, con forma de rosca) y haber vuelto a casa con los mofletes rojos, ya puedo considerarme miembro de la Flatbread Society. Si el tiempo lo permite -mientras escribo esto, llueve sin parar- es posible que pase la noche de San Juan (Sankt Hans) allí, viendo el fiordo y cocinando pan. Feliz verano.

(Tengo que agradecerle a Nathan de Situations UK, que me enviara información y me animara a acercarme a la Flatbread Society. Situations es la organización basada en Bristol que comisaría Slow Space, el nombre que engloba los proyectos de arte público para Bjorvik Utvikling: cuatro proyectos con los que artistas internacionales y arquitectos van a formar parte en la reconfiguración de las zonas comunes de la bahía de Bjorvika. Mi idea era hacer un reportaje más completo y “serio” pero el tiempo escasea bastante -y sigo siendo una periodista sin medios-. Os invito a que pinchéis en su web, pues tienen proyectos muy interesantes en marcha. Yo espero conocerle mañana)

Oslo Kunstforening Judy Chicago 4

Cuando me regalaron el Kindle y cayeron en mis manos decenas de libros (por decirlo de alguna manera), elegí para llevarme preparados para leer entre ellos aquellos escritos por mujeres. Por alguna razón, siempre acabo leyendo libros de hombres, aunque me interesa más saber que escriben o que escribieron ellas, así que en estos días me han acompañado, por ejemplo, Belen Gopegui o Margaret Atwood.

Aunque no la conocía, entre los libros que pasaron la criba estaba Anaïs Nin, escritora relacionada con Henry Miller (se conocieron en el París de finales de los años 30, un buen momento para ser un escritor algo sórdido y bastante bohemio, supongo). Nin es autora entre otros muchos libros de aquel que apareció en mi pantalla: Delta de Venus, una colección de relatos eróticos que Nin escribió (a medio camino entre la broma entre colegas y la necesaria supervivencia) para un coleccionista anónimo que pagaba buen dinero por estos relatos. El prólogo en el que relata el por qué de este libro no tiene desperdicio.

La colección fue publicada en 1977 y tiene la peculiaridad de ser una de las principales obras eróticas escritas por una mujer, aportando una subjetividad femenina a este tipo de relatos: el cuerpo, el sentido y la personalidad de la mujer están volcados en estas historias que exploran desde el sexo más ‘convencional’ a los más variados tabús del sexo en la sociedad occidental.

Ya sé que este blog va de Oslo y de mi estancia aquí, de las cosas que veo y que me encuentro. Pero -seguro que a vosotros también os pasa- a veces te encuentras con las cosas como por casualidad, y tienes que pararte a pensar en qué medida es tu mirada la que encuentra las relaciones, o si es que a veces las casualidades hacen que se sincronicen los encuentros, también cuando hablamos de arte. Por más que lo he intentado, es algo que no tiene respuesta y que hace de los días normales tirando a aburridos días especiales.

En realidad, yo pensaba quedarme en casa el domingo pasado, pero la mañana estaba pesada, yo estaba igual de espesa, y en una revista de las que rondan por mi cuarto de baño encontré un artículo sobre la primera exposición individual de Judy Chicago en Escandinavia. Judy Chicago es la autora de la impresionante ‘The Dinner Party’, una de las obras de arte -y vimos unas cuantas- contemporáneas que más me impresionó cuando estuve en Nueva York. La instalación sienta a una mesa triangular, simbólicamente, a 36 mujeres relevantes en la historia occidental y a cada una de ellas le corresponde un plato echo a mano, un mantel bordado, una copa tallada: el trabajo manual, artesano, de decenas de mujeres conformó esta obra, que ahora se puede ver en el Museo de Brooklyn.

Pero bueno, no estábamos en Brooklyn sino en Oslo y no estábamos hablando de Judy Chicago, sino de AnaÏs Nin. ¿O hablábamos de las dos? Y es que uno de los trabajos que Chicago ha traido a la muestra ‘Deflowered’ en la  Oslo Kunstforening. es ‘Fragmentos de Delta de Venus’, una serie de ilustraciones sobre las metáforas usadas por Nin en su libro. Por supuesto, recordaba algunas de las imágenes y otras las descubría allí gracias a la mirada de Chicago, en su mundo de vulvas y flores, anémonas y frutos rojos.

Oslo Kunstforening Judy Chicago 4

Oslo Kunstforening Judy Chicago 5

Oslo Kunstforening Judy Chicago 3

Buscando en internet, he encontrado esta entrevista trascrita en la que Chicago conversa con Nin sobre mujeres y arte. Ambas se conocieron en los años 70, cuando Nin era una veterana escritora y Chicago una artista en pleno auge de su carrera artística y en sus inicios como directora de uno de los primeros masters que adoptaron una perspectiva de género para hablar sobre arte.

Salí encantada de la exposición y de que esta estuviera en uno de los sitios que más me gustan de Oslo, una pequeña plaza medieval cerca de la fortaleza, en Rådhusgate. Tan contenta que le dediqué a Chicago mis deberes de noruego. Gracias a mi profe me enteré de que a la reina noruega le gusta Chicago. Una siempre ha tenido gustos la mar de refinados.

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(Las fotos las he tomado prestadas de la web de la Kunstforening, menos la última, que la hice en el jardín/restaurante que hay en el patio del viejo edificio.

Me gusta leer sobre Oslo en los periódicos españoles y reconozco que a veces cuentan cosas bien interesantes, como cuáles son los mejores lugares para tomar un café (dada la calidad media de la bebida en esta ciudad, intuyo que la autora del artículo ha hecho su particular ruta en busca de algo que se pareciera más al café que al brebaje que suelen servir aquí).

Pero es más frecuente encontrarte refritos de notas de prensa cortapegados con la Lonely Planet con las tres cosas que todo turista sabe de Oslo antes de venir aquí. Tal vez no sea la ciudad más excitante del mundo (ejem) pero si vas a estar en la ciudad más de dos días, aquí van seis cosas que El Viajero no te dirá que veas en la capital noruega, pero que deberías ver.

Purple

(La foto es de Annkj)

Bjørvika
El nuevo barrio de Bjørvika recibe a los visitante de Oslo al llegar a la estación central. Paisaje moderno y altos edificios acristalados son la primera pica de lo que es un proyecto de modernización de la antigua zona portuaria, que incluye una nueva sede para la biblioteca central, una remodelación del espacio urbano, proyectos de arte público… De momento hay más excavadoras que lugares pintorescos, pero ver las ciudades en transformación es también algo interesante. Para ver la vida de la ciudad, mejor volver a Gamlebyen (literalmente, la ciudad vieja) cruzando el puente sobre la playa de vías de Oslo S o perderse por…

El barrio de Grønland:

Barrio multicultural por excelencia de Oslo, aquí abundan las mezquitas de perfiles modernos, las plazas llenas de palomas, las esquinas con tiendas de olores especiados y los restaurantes indios. En los días de sol, si Oslo está lleno de gente, Gronland todavía más. Para no perderse: la calle peatonal de Smalgangen y su animada tienda con comidas de todos los países al sur y al este de Europa (incluye atún Calvo y ali-oli Ybarra), el puente sobre el río con sus esculturas raras (otra característica de Oslo) y sus muros plagados de posters en los que ponerse al día de los eventos culturales de Oslo que tampoco salen en el Afterposten.

El río Akerselva

Las vistas del fiordo, el lago Maridalsvannet… y el río Akerselva. Oslo tiene agua para todos los gustos y en todos los formatos. Pero encontrarse con una cascada en medio de la ciudad suele ser una grata sorpresa. También esta en obras en algunos tramos, pero a su izquierda y derecha hay varios puntos interesantes, modernos enclaves que recuperan el pasado industrial de la ciudad: la Dancehus, el sofisticado mercado de Mathallen, la escuela de artes (en una remodelada fábrica del siglo XIX) y también la siguiente parada de esta no-guía.

Søndags Markedet

Hausmania y Blä

Para ser sinceros, seguro que Blä sale en las guías modernas. Callejón plagado de grafitis, mercadillo de domingo, club de conciertos… Sólo su lámpara colgante en medio del callejón merece una visita y una foto para instagram. A pocos metros de allí cruzando el puente está Hausmania, la única okupa a la que he entrado en Oslo -tienen que haber más, pero no sé si funcionan como centros sociales-. Aquí teatro, actividades, una cocina a precios populares y un escenario al aire libre. Chequea su facebook por si hay actividades cuando vengas a Oslo.

Para venir con dos maletas

“A los noruegos les gusta comprar nuevo”… nos dice un vendedor de una tienda de segunda mano cerca de mi barrio, mientras me pruebo unos zapatos que (cachis!) me van pequeños. Como esta tienda, donde se apilan camisas, zapatos, chaquetones, vestidos más o menos retro, cerca de Waldemar Thranes gata, habrá en Oslo más de una docena, y todavía más si añadimos las tiendas de muebles, vajillas y cacharrerías. Las de libros merecerían un capítulo aparte, pero por desgracia mi nivel de norsk no ha pasado de ser capaz de leer la colección del Ea, ea. Aquí hay una buena lista para empezar.

Entre todas, elijo una, bastante chic y cerca de mi casa: la Butikk Brokante (Stenbersgata, 19) con sus muebles años 50 y precios imposibles. Para buscar algo más asequible, igual es buena idea pasar por Vestkanttorget Flea Market el sábado por la mañana de camino al parque de Vigeland. Yo me hice con un abrigo y una camisa por 50 coronas (y cuando vegas a Oslo verás que es una auténtica ganga). Quincallería, fotos viejas, cajas de galletas y joyas entre otros cientos de cosas que llevarse de recuerdo.

De isla en isla

Esta la apunto en la lista, pero la verdad es que es mi asignatura pendiente: el fiordo de Oslo está salpicado de islas, y yo, que soy muy de montarme en un barco cuando puedo, aun no he tenido la oportunidad de ver la ciudad desde el otro lado de la orilla. Los barcos salen de los embarcaderos del ayuntamiento y de la fortaleza medieval. En la web de Visit Oslo (sí, en una guía turística, me habéis pillado) hay una lista con las cabañas que se pueden alquilar por grupos para pasar la noche. A ver si mi tiempo y el tiempo se ponen de acuerdo y esto os lo cuento en la próxima entrada.

Rodeada de diseño

mayo 22nd, 2013 | Posted by Isabel in Diario de viaje - (1 Comments)

Esta entrada empieza en la Dietchmanske Bibliotek, en la biblioteca pública de Oslo, y aunque una estatua descascarillada sobre una estantería me mira inquisidora, como diciéndome que aquí viene uno a aprenderse los pronombres definidos e indefinidos del masculino, femenino, neutro y plural, a mi este espacio no me inspira otra cosa que a hablar de diseño, al menos hoy.

Dietchmaske Bibliotek

La biblioteca es un gran edificio de los años 30. Algo destartalado, a mi me encantan las mesas desiguales, las sillas originales, las lámparas de cristal y los relojes que cuelgan en casa sala. La biblioteca planea trasladar ahora su sede central, esta, a un moderno edificio cerca de la ópera -otro hito del diseño noruego-.

Lo mejor de este sitio tan hermoso, de sus murales vanguardistas y sus añejas bolas del mundo olvidadas en un rincón, es que no es nada excepcional. Supongo que los noruegos valorarán la suerte que tienen de vivir en un lugar donde hasta el más sencillo espacio está pensado a conciencia. Si no, es que han viajado poco. En las cafeterías, en las calles, en los parques, en los museos e incluso en los hogares -más allá del predominio de Ikea- el diseño escandinavo está bastante presente y le da al paisaje un aire sutilmente diferente del de otras ciudades europeas que he visitado.

Probablemente, el mejor sitio para comprender la evolución del diseño escandinavo -y para sentir también su hegemonía en nuestra forma de entender ‘lo moderno’- es acercarse al museo del diseño industrial y las artes decorativas. Me saltaré las salas dedicadas a los tapices vikingos y los muebles rococó para ir directamente al segundo piso, un recorrido por el siglo XX del diseño en la vida cotidiana: vestidos, lámparas, tostadoras y tocadiscos, logos, envases y utensilios, que han sido el paisaje diario de las diferentes generaciones noruegas.

Old record player swinging sixties

Hasta el 25 de agosto, la sala de exposiciones temporales está dedicada al diseñador Sven Ivar Dyshte, responsable de algunos de los iconos del diseño noruego como la silla Laminette… un diseño que es fácil encontrar en las muchas tiendas de segunda mano que pueblan Oslo; En la exposición, pequeña pero muy bien ambientada, también hay relojes, habitaciones, sillas y mesas, y hasta algunos objetos que forman parte del diseño del espacio que habito casi a diario aquí en Noruega: el aeropuerto de Gardermoen.

silla laminette

 

aeropuerto de oslo

 

Si te gusta el diseño y las artes decorativas, el Kunstindustrimuseet merece una visita en tu paso por Oslo. Se encuentra en la calle de St. Olav (justo al lado hay una librería francesa que también merece detenerse unos momentos) y la entrada, de 60 NOK, es válida también para elrtesto de museos nacionales. Los domingos, la visita es gratuita.

 

 

 

 

Red days

mayo 19th, 2013 | Posted by Isabel in Diario de viaje - (0 Comments)
Niño con bandera de Noruega

En nuestro trabajo llaman ‘red days’ a los días festivos.

El día más rojo (y azul) de todos es el 17 de mayo. Dicen que es el cumpleaños de todos los noruegos, así que hay que decir ‘Gratulerer med dagen!’ cuando te encuentras con uno de ellos.

En el día nacional de Noruega no se celebran conquistas de tierras lejanas, sino conquistas colectivas. No hay marchas militares ni ofrendas a vírgenes: hay bandas de música, vestidos tradicionales, muchos niños y algunas flores. Se comen salchichas, helados y ensalada de patata y cada uno brinda con lo que puede. Nosotros, con Coca-cola.

Fue un día corto pero bonito.

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