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A 2.447 kilómetros de aquí

Hoy, por fin, ha llegado la fecha. Los billetes ya están comprados. Llevaba un par de meses esperando este momento. Las maletas ya están repartidas por la casa, a medio hacer, la lista de las cosas que no me tengo que olvidar está casi completada y aunque me fastidie reconocerlo, tengo muchas ganas de salir de esta rutina de días iguales entre sí y fines de semana ausentes. Me voy del país y no como esperaba hace tres años cuando, ingenua, me fui a Nueva York en unas largas vacaciones para prepararme para una beca que nunca me dieron. Cuando me dijeron que sí al trabajo, me quede como ida, sentada en un parque en Pan Bendito que es como decir en medio de la nada. Así estaba, en medio de la nada. ¿Oslo? ¿En serio? ¿Cómo se me había ocurrido mandar ese CV una tarde tonta de enero? Luego volvería a casa y repasaría mi mail. Fue entonces cuando caí en la cuenta, como si fuera mi yo subconsciente, a mis espaldas, la que …

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Souvenirs digitales

Como cuando llegaba febrero y tenía que sentarme delante de los apuntes de ESTRUCTURA CONSTITUCIONAL DEL ESTADO ESPAÑOL y me entraba una irrefrenable necesidad de hacer la colada completa y limpiar los armarios de la cocina por dentro y por fuera, y cualquier cosa que me alejara de ESO, así llevo yo dos semanas, posponiendo lo inevitable: quitar las gotas del espejo del baño, la extracción de la muela del juicio, escribir reportajes y mandarlos a revistas, encontrar un trabajo que dé de comer y todo eso. Será manía mía, pero es que no se puede uno sentar en la mesa de estudiar si está todo lleno de papeles, igual que no sé ponerme a empezar una nueva etapa sin borrar, eliminar, ordenar, archivar y olvidar para siempre la basura acumulada, que en 2013 ha adquirido forma de caché del navegador y favoritos obsoletos. Pero ya sabemos que uno no puede acercar la papelera, pasar el brazo por encima del escritorio y arrasar con todo: cada papel merece su atención. ¿Y si estuviera ese teléfono …

Lo que leen los demás

Como son días de penitencia y confesión, yo confieso: he dejado de leer. En realidad, leo más que nunca. Me paso el día leyendo. Leo libros de cocina, leo páginas webs, leo un millon de tuits y venticinco post de blogs al día. Leo pies de foto, leo diarios gratuitos y leo el periódico en el bar, cuando el día se presenta generoso y cae algún cortado con hielo solitario y disfrutón. Algunos días, hasta me leo lo que escribo. Leo todo el rato. Esta idea es el ‘leit motiv’ de la campaña de Fomento de la Lectura de este año, http://www.siquetegustaleer.org/ Campaña sosa que, como decía el otro día Carmen Pacheco en Twitter, se dirige a unos adolescentes estereotipados y que no existen. ¿Intentan convencer a un quinceañero de que le gusta leer con una historia tópica sobre extraterrestres, veranos aburridos y no se qué del tuenti? En fin. Creo que en realidad, esa campaña es para mí. Es a mí a la que le pasa lo que a esos quinceañeros que nunca pincharán …

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Darnos a ver

Era uno de los últimos días del verano, en uno de esos sitios donde el calor está a gusto y decide quedarse un poco más. Estábamos al norte de los pirineos y aunque aún era septiembre y casi mediodía, el sol ya tenía cierto tono crepuscular. Los turistas paseábamos por la playa, los abuelos del lugar pescaban desde un muelle elevado y una pareja de chavales nos dijo donde comprar un par de cervezas. Mientras mirábamos el mar llego ella. Dejó su mochila en la arena, se deshizo de las chanclas, se puso los auriculares y empezó a bailar, solo a unos metros de nosotros y de los pescadores. Bailaba, como se suele decir, como si nadie la estuviera mirando, mojándose los pies en la orilla de vez en cuando, una canción que solo ella podía oir.   Hoy, descargando las fotografías que he hecho en los últimos seis meses con el teléfono, me la he vuelto a encontrar. Me gusta esta pequeña historia que tal vez ocupe más que los 66 KB de esta …

Algunos de los alumnos del IAC11

¿Que estudias qué?

Desde hace meses, hay una cosa más que llena mis horas. Reconozco que se me ha llevado mucho tiempo de mis tardes y fines de semana. Ocupa mi pensamiento incluso cuando no estoy con él. Y no, no es que esté enamorada (que también); estoy hablando de otra cosa… Lo que se lleva una parte de mis días, para bien, es el primer curso de Innovación Abierta en la Gestión Cultural lanzado desde la UNED. Detrás de ese nombre un tanto rimbombante, que consigue que la mayor parte de la gente desista de preguntar qué contenido hay bajo ese título -más o menos lo que les pasa a mis amigos con sus tesis doctorales- hay una serie de conceptos que tu, usuario de internet, manejas a diario. El temario de este curso define tus formas de trabajo en la red, como la figura de los prosumidores; repasa viejos conceptos relanzados por la sociedad de la información y la comunicación, como los comunes (culturales, en este caso) y plantea estrategias de innovación y generación de ideas …

Domingueros en Huesca

Huesca está casi más cerca de Zaragoza que mi barrio de la estación de autobuses. Pero son dos ciudades que, pese a las numerosas conexiones de todo tipo que tienen -y por lo que se refiere a los asuntos de este soliloquio, todavía mas- parecen estar a años luz. Lo comprobamos hace bien poco con el documental de Orencio Boix, “Los chicos de provincias somos así”, que hace un retrato de la música pop oscense de los últimos cincuenta años (y que ojalá alguna televisión autonómica se decidiera a comprar y emitir, para variar). Salí de la filmoteca pensando cómo era posible que desde el ombligo de Aragón prestemos tan poca atención a las cosas que ocurren a pocos quilómetros de aquí. Y eso que no faltan lugares donde poner la mirada, desde la gestión de la cultura que hacen sus instituciones (hablamos de eso en el encuentro de Curating) hasta su escuela de artes, de donde salen, por poner un ejemplo, muchos fotógrafos que después hacen su trabajo en la prensa aragonesa. Creo que …

La educación que nos dieron

Nací los 80, en Zaragoza. Llevé chándal de tactel con rodilleras y merendaba bocadillos de mortadela envueltos en Albal. Cambiaba cromos y cartas de colores.  Saltaba a la comba –pero mal, porque siempre fui torpe- y jugaba a las canicas y a esos juegos de palmas. Vamos, como cualquier niña de mi generación. Pero  tuve la suerte –o la desgracia, quien sabe- de haber ido a un cole peculiar, el Lestonnac, en el barrio de Torrero. Un colegio de monjas que no llevaban hábito, donde había profesores seglares y laicos y no había crucifijos por todos lados, donde muchos niños no estábamos bautizados; un colegio de integración donde desde los 4 años niños “normales” y niños con enfermedades y discapacidades se educaban en las mismas clases sin hacer distinciones; una escuela donde había niños de diferentes etnias cuando en Zaragoza la inmigración era un fenómeno minoritario. Era, como contaron los profesores en el momento del cierre, un colegio que ponía los valores de la solidaridad y la diversidad en todas las facetas de los proyectos …