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Las ganas

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Decía el otro día mi amiga Cristina en una charla que el enamoramiento es una de las peores enfermedades que hay y yo creo que tiene toda la razón. Pica, da hinchazones, se le pone a uno el cuerpo fatal, le dan mareos, anda por ahí sin ser uno mismo. Pero hay un mal peor: el de no estar enamorado, ni perspectiva de. Que uno puede tener una vida más o menos triste o más o menos deshogada, pero sin amor  no hay quien tire p’alante, ni aun tenga herencia, inventiva o el éxito al alcance de la mano.

Eso le pasa a Benito, el protagonista de ‘Las ganas’. Que hace tres años que no ‘eso’, como dice la faja del libro editado por Blackie Books. Y no es solo que haga tres años que no folla, que no chinga, que no porla. No es lo peor, aunque lo parezca. Es que además, Benito nunca ha estado enamorado. Y eso es bien jodido. Es feo, vive en el extrarradio, su casa da ‘asquito’, coge a diario el tren en Chamartín, se ha dado al chinchón y es el inventor de un revolucionario producto sin inversor que lo lance a la fama. Un cuadro. Pero en el ramillete de personajes que se despliegan a su alrededor -su hermana, su socio, la madre del socio que es también la recepcionista, una figura paterna de postizo que le ha salido y hasta la panadera del barrio- reconocemos el cariño que despierta este químico treinteañero, un emprendedor en la España de los noventa, cuando la palabra aun no se usaba. Y no entendemos porque alguien que nos causa tanta ternura, anda por la vida sin nadie que se quiera ir a la cama con él. Ah, sí, que es muy feo.

Quien nos iba a decir que en la época quasi preinternet, de los modem que pitaban, las oficinas tenían un solo ordenador y se usaban para poco más que el mail, le iba a venir a Benito el amor por lo digital. Un amor, eso sí, tan tierno, tan tragicómico como esperábamos de Santiago Lorenzo. Porque en Las ganas, el autor vasco vuelve a elegir a un héroe romático de los que pasan desapercibidos. Si en ‘Los millones’ era uno del Grapo al que le toca la lotería pero no puede cobrarla porque no tiene DNI – y todas las catastróficas desdichas que se derivan de esta buena mala suerte y de su encuentro con una periodista de la que se enamora en un chas- algo parecido le ocurre a Benito, que ni cuando le toca la suerte, le toca bien. Eso, y que a veces enamorarse no basta. Pero le envidio a Benito -y a Lorenzo, claro- la capacidad de describir estar enamorado, enamorarse pensando, de una manera tan bonita.

“… le dejaron tonto su curiosidad, su inventiva, su cachondearse de todo, sus ganas de mirar, de estar allí, su sentido común, que quería común al suyo; su verbo enloquecido, su capacidad de asociación, su coco tutti-frutti. Pero la cosa era aún mucho más grave: todas estas virtudes y usos encomiables no le valían a María para resultar erudita, magnética, sabia, capaz, inetersantísima (que también). Sino para ser -para resultarle a él- sobre todo, concluyentemente divertida. Para revelársele a Benito como un festival de pasmos delirantes, una rave sin fin que dejaba chiquitas las del Benicàssim ese. Sentía envidia de María porque ella estaba consigo misma.”

Una historia de amor ilusionante, con mucho de montaña rusa sentimental de andar por casa y con un lenguaje tan poco ‘moderno’, tan descacharrante, que se lee también por sus aliteraciones, por su música, por sus palabras poco usadas o tan ‘castizas’ como el nombre del invento de Benito, “el mocordo”. De dónde saca Lorenzo este tono y esta elocuencia, lo desconozco. Dicen que si de Azcona, que si de Jardiel Poncela. No los he leído, pero me gusta ver el castellano resonando así, con esa sorna, una vez más.

En Las ganas, Lorenzo nos explica esta característica tan jodida del amor moderno -como lo describe Illouz-  y es que uno cuantifica su valía por cuánto  o cómo somos capaces de hacer que nos amen. Y en Las ganas, esta forma de hacerse valer a través del amor tiene mucho paralelismo con la manera en la que nos trata el mercado laboral. Y es que Benito le dan igual los millones de pesetas que le puedan llover si consigue firmar con el inversor de Bristol, lo que le importa es que le reconozcan la valía del invento. Vamos, “que no es una cuestión de pelas, sino de justicia”-. No quiere ser rico, ni emprendedor. Quiere, en definitiva, que le quieran.

El amor lleno de trampas, de desencuentros y de casualidades fatídicas de Benito tiene un final. Y no puede decirse que sea un final feliz, pero tampoco uno desdichado. Y es que al final, las tragedias cotidianas no son para tanto y siempre se encuentra acomodo para seguir la vida. Y pase lo que pase, si llegan la insulsez, el hastío o la burbuja inmobiliaria, mejor haber amado.

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