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En el museo de los autómatas

Nos gustan los museos. Y nos encantan los museos curiosos. Por eso, si una tarde de lluvia en la playa nos pilla cerca de un museo de autómatas y maquetas, no podíamos dejar de verlo. El Musee des Automates de La Rochelle me pareció, desde luego, un capricho, por lo curioso y por su origen: el deseo de un hombre del que apenas he encontrado nada, Michel Gaillard, por coleccionar androides mecánicos, cajas de música y otros artilugios y juguetes.

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Además de desvelar los mecanismos de estos juguetes, ‘desnudando’ algunos de estos muñecos para que los visitantes puedan ver sus poleas, resortes y engranajes, la sala de exposiciones propone un recorrido por la evolución de estos aparatos desde principios del siglo XIX a mediados del siglo XX, e incluye también una recreación de un barrio parisino, con escaparates en los que se muestran autómatas creados con fines publicitarios: desde el doctor que anunciaba las pastillas Valda, a los negros que eran la imagen de marca de ‘exóticos’ productos como el chocolate o el café, muñecos devoradores de salchichas…

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También había curiosidades, como pájaros mecánicos, una Colombina escritora de cartas, o un mago que, por el módico precio de 20 céntimos, te lanzaba una hoja con tu horóscopo y que me recordó inevitablemente al mago Zoltar de ‘Big’. Lo ví y eché la moneda de rigor. Y me puse nerviosa, claro. Porque los autómatas tienen algo de inquietante ¿no os parece? Al menos, que el museo nos despidiera con uno de esos pianos que tocan solos, como si los pulsara un hombre invisible, me resulto inquietante; igual que esas cejas inquisitivas, esos  ojos de cristal que te hacen guiños, movimientos (a veces) muy realistas, bocas parlanchinas… Seré yo, o será la literatura -de los libros infantiles a la ciencia ficción, los robots y androides han dado mucho juego- pero los autómatas me llevan a pensar en un mundo de ingenios mágicos y misterios varios. Tienen, dentro de sus cuerpos de cartón piedra y sus cabezas de porcelana, ese carácter enigmático que subyace en muchas creaciones antropomórficas como los muñecos de cera o algunas esculturas con vocación de mímesis con los hombres y mujeres a los que representan. Hoy varios tuiteros han charlado sobre la obra de Juan Muñoz y creo ver en ellas esa inquietud y esa atracción que me genera lo inanimado pero no inerte.

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Pensaba que era algo extraño, lo de los automatas, digo; pero parece ser que hay bastante tradición de coleccionistas y constructores en muchas culturas como, claro está, la francesa -donde el oficio se relaciona sobre todo con los relojeros, por lo que entendí- o la japonesa, donde  además de los juguetes mecánicos hay devoción por los robots y donde tiene un nombre propio: Karakuri (aparato mecánico con truco, con elementos mágicos ocultos). Su historia se remonta a la antiguedad (de verdad: pincha aquí para leer un trabajo en castellano sobre ella) y está llena de curiosidades.

A la par malignos y encantadores, la verdad es que nos pasamos un rato entretenido, pulsando botones, activando mecanismos y dibujando los juguetes de monsieur Gaillard, que llenan una nave entera. Hacerles una visita es una buena idea si uno pasa en La Rochelle una tarde de lluvia.

 

 

3 Comments

  1. qué buena…¿sabes?, en Zaragoza, hay un bar donde tienen una modesta colección de muñecos de cuerda. Más cutre, claro, que los “autómatas” (y un poco más freak, jeje).

    • Isabel says

      ¿De verdad? Cuéntame dónde, que seguro que nos encanta ir de visita.

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