En la ciudad, Periodismo, Zaragoza
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fin de ciclo, fin de mes

Acaba noviembre, mes raro, y por suerte no ha arrasado con demasiadas cosas, excepto cierta coherencia en este monólogo, si es que alguna vez la tuvo. No ha sido culpa mía. Son los amigos, que la lían a una (y gracias!) a hacer cosas como la que ahora corto y pego. Es una chapa de cuidado, pero puede considerarse una declaración de intenciones. Eso sí, algo pretenciosa y muy políticamente correcta, ya que iba a parar al boletín de ese ‘ente’ llamado Observatorio de la Cultura del Ayuntamiento de Zaragoza, que esperamos que despegue en el rumbo adecuado…

“¿Qué hacemos hoy?”. La pregunta clásica tiene a día de hoy, en Zaragoza, una respuesta cada vez más extensa. La oferta cultural, en forma de exposiciones, conciertos, teatro o conferencias, ha alcanzado este año un nivel altísimo, en variedad y calidad. La contestación igualmente clásica de “es que en Zaragoza nunca hay nada” ya no tiene validez. Pero ¿son los habitantes conscientes de ello?. Si no lo son, es que algo falla en la forma de “comunicar la cultura” en la ciudad.
Por ello, volvemos hoy la vista a los medios de comunicación, profesionales o amateurs, y la forma en la que transmiten al público potencial los contenidos de la oferta de la ciudad. Solamente con una población informada y crítica, que conoce la calidad y el valor de las propuestas de ocio cultural que llegan a su entorno, está dispuesta a invertir parte de su dinero en entradas o productos culturales, o encuentra el tiempo para salir al encuentro de las propuestas gratuitas.
Es cierto que en la ciudad existen cuidadas agendas de eventos, tanto en soporte on-line como en papel. Pero a veces, no basta con hacer una relación de fechas, horas y escenarios. Para “meter el gusanillo” a lo lectores, crear en ellos un interés suficiente por las propuestas, es necesario no limitarse a contarles “qué” pueden ver, sino “porqué” ir a verlo, participar en esas actividades. Ahí es donde entra en juego la calidad de los contenidos.
La creciente segmentación del público, su mayor formación, conlleva una necesaria especialización del comunicador en cultura (a menudo un periodista, pero también un experto en literatura, en música o en gastronomía, con dotes para la escritura o la expresión oral). El periodismo no es solo un vehículo, también es un producto cultural en sí mismo, y su calidad ha de estar a la altura de las propuestas que publicita, hablar el mismo idioma que el de sus lectores, manejar referencias y guiños a los que están leyendo/observando al otro lado.
Los nuevos tiempos del periodismo además, hacen que ese “al otro lado” sea cada vez menos ajustado a la realidad. La línea que antaño separaba al periodista del público ha desaparecido casi por completo. Solamente considerando el marco de “la-cultura-en-la-ciudad” hay constituida una comunidad de blogueros que a menudo general contenidos igual o más interesantes que los de las publicaciones tradicionales. El periodista no debe tener miedo de ser arrollado por su avance, sino estar abierto a colaborar con esa red, extraer lo mejor que hay en ella y potenciarla, participar de esa riqueza comunitaria.
Al hilo de esto, hay que repensar el uso que se hace de los soportes. Cada vez es más difícil explicar el complejo mundo en el que vivimos, y las complejas manifestaciones artísticas y culturales que se dan en él, sin recurrir a herramientas igualmente avanzadas. Así, se impone el uso de vídeos y podcast de radio, el manejo de los blogs, las redes sociales y otras publicaciones interactivas, las ediciones de diseño muy atractivo y con contenidos de calidad y un estilo que marque la diferencia con publicaciones similares. La crisis económica, que afecta con dureza a todos, también ha caído de lleno sobre los medios de comunicación, pero no por ello hay que rebajar la calidad de los productos. La respuesta ha de ser, siempre, “más y mejor”.
Además, se impone una amplitud en la mirada a aquello que entendemos como “cultura”, que abarca muchas más cosas que las que los gestores culturales consideran dentro de su ámbito de
trabajo. Desde una perspectiva antropológica, cultura es todo aquello que nos constituye como seres humanos; en el contexto de una ciudad, va ligado a otros procesos igualmente importantes para las vidas de las personas, como la movilidad urbana o interurbana, el nivel de renta, la accesibilidad y la participación real. Aspectos que el periodismo cultural no debe de perder de vista, porque no son independientes de los temas que trata.
Pero no toda la responsabilidad de una comunicación en cultura eficaz recae en los periodistas. Para que esos productos tengan la calidad deseada, los actores de la cultura (artistas, gestores culturales, políticos…) han de contar con la complicidad de esos “comunicadores”. Y la forma de conseguirla no es otra que proporcionarles toda la información disponible, facilitarles el trabajo y los contactos necesarios para realizarlo, transmitirles en tiempo adecuado, con claridad y detalle, sus proyectos, para que la prensa (profesional o amateur) sea capaz de elaborar sus contenidos y llevarlos hasta la población. Solo haciendo que todas las piezas del engranaje comunicativo funcionen al mismo ritmo se conseguirá que la increíble oferta con la que a día de hoy cuenta Zaragoza esté en boca de todos.

La foto la he encontrado en el flickr de Sam Javanrouh. Gracias a él y a Marta que me ayudó con unas cuantas ideas y frases para el artículo.

 

3 Comments

    • Isabel says

      pensándolo bien, no creo que la metáfora esté bien elegida. en el engranaje hay una jerarquía, y estaría mejor pensarlo como una red, en la que se mezclan roles autor-artista-periodista-lector.

      de lo que estoy segura es de que en beneficio de la “prensa cultural” y a la vez del “tejido artístico”, se pueden mejorar cosas…

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